En el pueblo del abuelo

En el pueblo del abuelo

Almudena Cid adora disfrutar del verano junto a su abuelo

Las vacaciones perfectas de la gimnasta alavesa están en Alcántara, donde uno de sus seres más queridos tiene un peculiar museo.

Fue un sueño hecho realidad. Almudena Cid fue a Los Ángeles para hacer unas fotos de ropa deportiva. «Y decidí tomarme el viaje como unas pequeñas vacaciones». La Meca del cine desbordó sus mejores expectativas. «Nos fueron a buscar en una limusina Hammer». Recorrió Melrose Place, Beverly Hills, Rodeo Drive. «Me sentí como una estrella. Fue como vivir una película, conseguir lo inalcanzable, alucinar por verte en donde nunca pensaste estar». Aprovechó la oportunidad. Se abandonó a la magia del momento. Disfrutó. «Lo viví, me sorprendió y lo recomiendo. Pero no es una ciudad en la que viviría. Allí sólo importa el dinero, el coche, la ropa. Todo es a lo grande, y ésa no es la realidad».

Pero sí fue real el verano que vivió en 1996, tras su triunfo en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Por primera vez desde que se incorporó a la selección nacional de gimnasia, tenía un mes de vacaciones. Fue al pueblo cacereño de sus abuelos, Alcántara, y revivió su infancia. «De pequeña, llegar hasta allí era como ir a Japón; pero esa vez ya no me pareció que el pueblo estaba tan lejos». Fueron días de emociones concentradas. «Acababa de vivir el reconocimiento que nos hicieron en Vitoria tras la Olimpiada. Toda la ciudad estaba en la calle. Eran las fiestas de la Virgen Blanca. Fue inolvidable».

De Alcántara le gusta todo. El puente romano, el ambiente acogedor, las verbenas. «Pero lo que más me atrae del pueblo es mi abuelo, Fernando Tostado». Es el artista de la familia. Hace esculturas reciclando materiales. «Les pone un nombre y una historia a cada una. El Ayuntamiento las ha colocado en un parque que se llama 'El rincón de los engendros' y aún está sin terminar». En ese peculiar museo, la nieta es una musa especial. «La figura que me dedica está justo a la entrada, sobre un bloque de piedra. Tiene un fetiche que simboliza el alma que me resguarda». En las proximidades se vislumbra un Ave Fénix. «Y también un water con brazos que representa al hombre que se hunde en su propia porquería; a las personas que tiran piedras contra sí y se destruyen».

Los dioses mitológicos también están presentes en ese inesperado conjunto escultural. «De eso yo no entiendo mucho, pero él me lo explica. Me cuenta unas cosas increíbles y me muero de la risa». Es su rendida admiradora. Y se apasiona explicando sus numerosas habilidades artísticas. «Tuvo en casa una especie de museo de planchas de metal y cencerros. Se los tuvieron que llevar porque pesaban mucho y podían hundir el piso». A sus 84 años, el guarda forestal jubilado sigue expresando su chocante y personal visión del arte. «También hace pinturas y pone caras a las piedras».

Cuando tiene tiempo libre, Almudena Cid se mantiene ocupada. «Estoy todo el rato, arriba y abajo; necesito quemar la energía que no gasto entrenando». El enemigo a batir, confiesa, es el aburrimiento. «Aprovecho el tiempo, porque casi nunca lo tengo. Ayer estuve en el teatro; era la primera vez». Siempre hace un hueco para visitar al abuelo, que no deja de jalear sus triunfos deportivos. «Cuando fui a verlo después de ganar las Olimpiadas ¿estaba más ancho!.. Emocionado y muy orgulloso. Es genial. Mucho abuelo. Muy grande. Guay».

LUISA IDOATE, elcorreodigital.com, 21.07.06

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