Punta de Teno

Punta de Teno

Fue una isla durante millones de años, tiene acantilados de 600 metros y España apenas sabe que existe

Pocos lugares en Tenerife generan esa extraña sensación de sentirse fuera de la isla cuando se está dentro de ella. Teno lo consigue, porque este macizo volcánico — el más antiguo del territorio insular, con rocas que acumulan cerca de siete millones de años — no se parece a nada de lo que rodea a la mayor ínsula del Archipiélago.

Aquí no hay rastro del sur turístico ni de la efervescencia del norte. Sus 8.000 hectáreas repartidas entre Buenavista del Norte, Los Silos, El Tanque y Santiago del Teide guardan la textura de un espacio que la geografía ha mantenido aislado, cuando Teno era todavía una lugar separada, y que nunca terminó de integrarse del todo en el resto.

Los valles, los barrancos que cortan el terreno y la vegetación que cambia de forma brusca -de lo árido a lo denso, del negro volcánico al verde húmedo del Monte del Agua- son consecuencia directa de millones de años de erosión trabajando sobre una materia prima excepcional.

La Punta de Teno concentra buena parte de lo que hace singular a este territorio. Desde allí, junto al antiguo faro que vigila el extremo más occidental de la isla, se abren los acantilados de Los Gigantes: paredes de roca que caen hasta los 600 metros sobre el océano. Las aguas que baten su base son cristalinas, los recovecos volcánicos invitan al baño, y cuando el sol cae sobre el paredón al atardecer, la roca adquiere una tonalidad que cuesta olvidar. Es uno de los miradores más imponentes de las Canarias, y sigue siendo, incomprensiblemente, uno de los menos transitados.

El caserío de Masca carga con el peso de ser conocido como el Machu Picchu de España. Pero esa fama no ha conseguido domesticarlo del todo -aunque está cerca-. Construido en el borde de un barranco, su conjunto de viviendas tradicionales representa uno de los ejemplos más auténticos de la arquitectura rural canaria, con casas pequeñas, de piedra, adaptadas a un terreno complejo y de difícil acceso. Algunas han sido rehabilitadas como alojamientos rurales o viviendas vacacionales, lo que permite pasar la noche allí y entender, aunque sea por unas horas, cómo funciona la vida tradicional de las Islas.

Desde el caserío arranca uno de los senderos más bonitos y generosos del parque: 5,6 kilómetros de descenso por el interior del barranco hasta una playa de arena oscura con vistas directas al acantilado.

La oferta de Teno va desde el senderismo, hasta la escalada, el kayak o el descenso de barrancos. Además, las rutas ornitológicas tienen gran riqueza, declaradas por la Unión Europea como Zona Especial de Protección para las Aves.

Los pequeños caseríos dispersos por el territorio siguen habitados por gente que vive de la agricultura y la artesanía. Esa resistencia silenciosa es, quizás, lo más singular de Teno. No es un parque que se haya rendido a la lógica de lo visitado. Sigue siendo, en buena medida, un lugar para el que llega sabiendo lo que busca.

Fue una isla durante millones de años, tiene acantilados de 600 metros y España apenas sabe que existe

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