Ana Carvajal, objetivo tirabuzón

Ana Carvajal, objetivo tirabuzón

La saltadora, clasificada ya para los Juegos de París en saltos de plataforma 10 m, se centra en introducir un quinto y competitivo ejercicio.

A falta de un salto para terminar la final de los 10 m plataforma en los pasados Mundiales de Fukuoka,Ana Carvajal se situaba tercera. Solo superada por las chinas, que viven en otra galaxia, Yuxi Chen y Hongchan Quan, la de Villanueva de la Cañada (Madrid), con el billete olímpico bajo el brazo (”no me lo esperaba. Cuando acabé el concurso, todos me dijeron, ¿sabes lo que has hecho? No sabía que ya me había clasificado para París 2024″) no tenía opciones de podio por paradójico que pareciese. Su quinto y último salto era de una dificultad 2.1, la más baja de todas las finalistas. Aunque lo hiciera perfecto, la puntuación sería mínima. Acabó octava.

A sus 16 años, con un crecimiento meteórico en la última temporada, Carvajal no tenía preparado un programa completo, y ahora con el tiempo necesario y sin el agobio del pase para París 2024 se centra en perfeccionar ese último salto. “Estoy trabajando en el tirabuzón. La dificultad es de 3. Creo que me dará tiempo de asimilarlo”, explica. La estudiante de Segundo de Bachillerato en la modalidad Tecnológica, que afronta un curso con la Selectividad y los Juegos, debe hacer bien la salida, dar correctamente la patada que le ayude a “acabar tarde el tirabuzón” y “no quedar corta” para poder clavar la entrada al agua.

El crecimiento de Carvajal no se entiende sin la llegada del técnico cubanocanadiense Arturo Miranda, quien “tiene un método claro, trabaja con pocos saltadores y nos ha ayudado a mejorar la técnica”. La selección española de saltos hizo un papel excelente en Fukuoka, con un quinto puesto, un séptimo y un octavo en tres disciplinas. La propia Carvajal tiene el reto de los saltos sincronizados de plataforma 10m con Valeria Antolino. “Entrenamos seis horas al día”, apunta la madrileña, quien pese a empezar practicando natación, los saltos le llamaron rápidamente la atención.

En Villanueva de Cañada (”la vida allí es muy de pueblo”), Carvajal se asombraba cuando veía al grupo de saltos realizar esas figuras en el aire. “Lo veía divertido y le dije a mi entrenador, Emilio Ratio, que quería probar”. Era aún una niña y se entusiasmó, le veían facilidades, aunque tambén pasó por algunos momentos de dudas: “Me empezaron a salir mal las cosas, lloraba mucho y estuve a punto de dejarlo y pasarme a la gimnasia, pero mis padres me ayudaron”. Entre otras cosas, ellos se encargan de llevarla cada día a los entrenamientos en la piscina Madrid-86 (a 50 minutos de su casa). “Mi padre jugaba a balonmano”, apunta Carvajal, que lleva una vida de adolescente y cuando se aburre en casa ve vídeos de las saltadoras chinas: “Su secreto es entrenar muchísimo, lo hacen todo el día. Tienen muy buena base y su cuerpo ayuda mucho, son delgadas y bajas. Todos es entrenamiento”.

En una temporada cargada de competiciones, con el punto de inicio en el Grand Prix de Madrid en diciembre, Carvajal se transforma en las competiciones. Los técnicos que la conocen subrayan su sangre fría y tranquilidad al saltar, aunque ella, que reconoce que no tiene rituales antes de competir más allá de mirar algún vídeo del salto que debe realizar, rehúye ese poder: “Tampoco soy tan constante siempre, no me salen tan bien en los entrenamientos; pero luego no me pongo tan nerviosa, me pongo en modo competición”. O modo tirabuzón, el salto que le queda para soñar con todo (y sin contar con China) en su programa.

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