Ceuta y la dignidad de España

Ceuta y la dignidad de España

El carrusel de comparecencias de ministros que estamos viendo estos días en el Congreso, para dar cuenta de la respuesta del Gobierno a la invasión híbrida de la que ha sido objeto nuestro país en Ceuta, supone la constatación definitiva de que España está en manos de un Gobierno inoperante, desleal y pusilánime.

Ceutíes defienden su tierra

Ceutíes lanzan claveles a la policía

Ver a Félix Bolaños, ministro de Justicia, exigiendo que nadie falte al respeto a Marruecos achacándole responsabilidad en la invasión de Ceuta, porque “no hay evidencias de que haya liderado o impulsado la entrada masiva” (sic), resulta ya de por sí un insulto a la inteligencia de cualquier español de bien con dos dedos de frente. Pero, cuando ese mismo español de bien recuerda además las declaraciones de hace cuatro días del ministro de Justicia marroquí amenazando con anexionarse las “ciudades ocupadas” (sic) de Ceuta y Melilla, el insulto a la inteligencia se torna en ofensa a la dignidad del pueblo español.

El hecho de que los ministros del Gobierno de España estén más preocupados por que nadie ofenda a Marruecos que por garantizar la seguridad y la convivencia en Ceuta, es fiel trasunto de la pusilanimidad y la infamia de un gobierno que no sabe ni por qué ni para quién gobierna. De hecho, este dizque gobierno ni siquiera gobierna; solo ocupa el poder a mayor gloria de un megalómano que ni se ha dignado interrumpir sus vacaciones para embridar la situación. Su renuencia a abandonar La Mareta a pesar del pandemónium de Ceuta constata, en última instancia, hasta qué punto Sánchez asume que estas serán sus últimas vacaciones estivales como presidente.

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Menospreciar la bandera

Claro que, según la portavoz socialista Montse Mínguez, Sánchez nunca se ha ido de vacaciones. Ni él ni ninguno de sus ministros. La incomparecencia de todos ellos ha sido tan clamorosa que las abracadabrantes palabras de la portavoz socialista provocaron hilaridad entre los concurrentes en la comisión parlamentaria. Mínguez, con su proverbial histrionismo, blandió acto seguido otro de los dogmas relativistas de la propaganda gubernamental, cuando criticó el uso por políticos de la derecha de la bandera de España en señal de protesta contra la invasión de Ceuta, o más bien, en defensa de la soberanía nacional del pueblo español. No es la primera vez que Mínguez, u otros políticos socialistas, menosprecian el valor de nuestra enseña nacional como divisa de libertad, igualdad y democracia, pero también como símbolo de pertenencia, unidad, permanencia y compromiso histórico entre españoles.

La bandera de España no es, como sugieren los que critican a quienes la enarbolamos con orgullo en defensa de la unidad y la soberanía nacional, un trapo o un simple trozo de tela. Es cultura, conciencia histórica, sentimiento, identidad compartida y soberanía, que es precisamente lo que la invasión de Ceuta amenaza. De ahí que los ceutíes hayan sido los primeros en salir a la calle con banderas de España para exigir al Gobierno una respuesta firme ante la amenaza híbrida proveniente de Marruecos.

Una respuesta valiente

La respuesta de los ceutíes, así como de la mayoría de los españoles, a un ataque concienzudamente planificado contra nuestra integridad territorial ha sido valerosa y esperanzadora. Esta vez, a diferencia de otros momentos históricos, la Nación sí parece tener pulso, mientras que el Gobierno vuelve a aferrarse a la vanidad y a ir tras la mentira, parafraseando el célebre artículo Sin pulso, de Francisco Silvela, líder del partido conservador en tiempos del Desastre del 98. Ni que decir tiene que la situación presente nada tiene que ver con la de 1898, pero las palabras de Silvela sobre el Gobierno de Sagasta se ajustan como anillo al dedo a la ejecutoria del Gobierno crepuscular de Sánchez. Decía Silvela: “Hay que dejar la mentira y desposarse con la verdad; hay que abandonar las vanidades y sujetarse a la realidad, reconstituyendo todos los organismos de la vida nacional sobre los cimientos, modestos, pero firmes, que nuestros medios nos consienten, no sobre las formas huecas de un convencionalismo que, como a nadie engaña, a todos desalienta y burla”.

Eso es, precisamente, lo que necesita España en este momento. Buena muestra de la indignación que recorre España es la convocatoria para el miércoles 2 de septiembre -coincidiendo con el Día de Ceuta- a las 20 horas de concentraciones simultáneas en ciudades de toda España, en apoyo a nuestros compatriotas ceutíes. También, por supuesto, en Cataluña, la tierra del general Prim, que dijo aquello de que a España se la vence, pero no se la deshonra. Pues eso. Por Ceuta y por España.

Ceuta nos anuncia el futuro

La Marcha Verde tuvo lugar en noviembre de 1975 y Marruecos la organizó con un gran esfuerzo logístico mandando a 350.000 civiles, muchos de ellos mujeres y menores, a penetrar en el territorio en vías de descolonización del Sahara Occidental del que España era potencia administradora. Aquella operación, que terminó con el reparto de la antigua provincia española entre el reino alauita y Mauritania, se llevó a cabo sobre una antigua colonia en disputa entre la población autóctona y dos estados vecinos, con España como testigo impotente, Naciones Unidas limitada a establecer un estatus jurídico nunca cumplido y Francia y Estados Unidos apoyando el acuerdo que beneficiaba principalmente a Marruecos. La invasión de Ceuta por 80.000 inmigrantes irregulares, magrebís y subsaharianos, del pasado 31 de julio, fue un acontecimiento completamente distinto. El espacio ilegalmente ocupado pertenece a un país miembro de la Unión Europea y esta violación flagrante de su soberanía se ha producido con la colaboración, más activa que pasiva, del gobierno marroquí. En otras palabras, la Marcha Verde fue la conquista de una especie de tierra de nadie aprovechando la debilidad de España con Franco agonizante, con la aquiescencia de Paris y Washington, que preferían un Sahara Occidental descolonizado en manos de un aliado, y gracias al acierto estratégico de Hassan II, que no dejó pasar la oportunidad creada por la confusión dominante en un contexto general de desmantelamiento de los imperios coloniales europeos. Nada que ver con el ataque híbrido directo a un supuesto amigo y aliado.

Amenaza sobre el continente

Los sucesos de Ceuta están haciendo mucho ruido, con enfrentamientos entre Pedro Sánchez y la oposición, divisiones internas en Moncloa, alarma de Bruselas ante lo que percibe como una amenaza sobre el continente y protestas airadas de los ceutís en las calles mientras la Policía Nacional, la Guardia Civil y el Ejército, escasos de material y de capacidad de acción, se las ven y se las desean para controlar un caos que puede degenerar en violencia desatada en cualquier momento. Todas estas preocupantes circunstancias, junto a la sospechosa sumisión del Ejecutivo español ante Mohamed VI, los farragosos trámites administrativos que entorpecen y dilatan las expulsiones, la ruina económica de la ciudad invadida y las agresiones sexuales, robos y peligros para la salud pública asociados a la permanencia en nuestra plaza de miles de ocupantes no deseados, llenan portadas y abren telenoticias, pero pocos hablan de lo que verdaderamente representa la turba deambulante que atemoriza y solivianta a los “caballas”.

Estos días, obviamente, se vuelve a hablar de la novela distópica de Jean Raspail, El campamento de los Santos, publicada en 1973, que describe la llegada a las costas meridionales de Francia de una flota de un centenar de grandes navíos destartalados en los que viajan un millón de indigentes hambrientos procedentes de la India y la falta de reacción de las autoridades galas y europeas en general ante semejante oleada de desharrapados famélicos. Si recordamos que Ángela Merkel acogió a una cantidad similar de refugiados, sobre todo sirios, en 2015 y 2016, el éxodo masivo imaginado por el escritor francés no resulta tan exagerado. Por supuesto, las consecuencias de aquel arrebato humanitario no fueron precisamente positivas y por eso hoy la formación AfD avanza hacia la primera posición en intención de voto en Alemania.

La disparatada regularización

África tiene mil quinientos ochenta millones de habitantes, de los que cerca de un tercio, unos quinientos millones, sobreviven en condiciones de pobreza extrema con la mayoría de ellos subalimentados. Si a esto añadimos los conflictos bélicos, las lacerantes desigualdades sociales, la pésima salubridad y la corrupción galopante de las elites, no es extraño que cada día estén arribando en promedio a las orillas mediterráneas de Europa pateras transportando más de dos centenares de inmigrantes ilegales, lo que totalizará un número de ochenta mil en 2026. Si a esta multitud sumamos los que llegan por tierra o por vía aérea -pretendidos turistas que se quedan una vez expirado su visado-, la cifra superará fácilmente los doscientos mil. Barbaridades como la regularización de un millón de residentes irregulares en España demuestra hasta qué punto nuestros mandatarios han perdido el seso. La reagrupación familiar multiplicará este disparatado aumento de nuestro censo hasta niveles social y económicamente desestabilizadores.

Aparte de la fantasía de Jean Raspail aludida, relatos igualmente inquietantes como Sumisión de Michel Houellebecq (2015) o la teoría del Gran Reemplazo expuesta en el ensayo de igual título de Renard Camus (2012), contribuyen a concienciar a las sociedades occidentales sobre los riesgos de tolerar por desidia, por cálculos electorales, por postulados ideológicos o por un desenfocado altruismo, la entrada de millones de personas procedentes de otras latitudes con principios morales, convicciones religiosas o conceptos sobre el papel de la mujer en la familia y en la vida pública incompatibles con nuestra civilización judeo-cristiana e ilustrada, basada en la democracia, el pluralismo y los derechos y libertades fundamentales, establecidos tras siglos de avances en el reconocimiento de la dignidad intrínseca del ser humano y del cultivo del pensamiento racional.

El dramático episodio, que ojalá no derive en tragedia, de Ceuta, aún no resuelto y potencialmente destructivo, va más allá de su estricto perímetro, y pone en evidencia que si un día este ensayo coronado por el éxito se convierte en un tsunami humano, no de decenas de miles, sino de millones de desesperados que atraviesen nuestras fronteras de golpe, nada les detendrá porque, como ha probado lo acaecido hace treinta días en nuestro enclave norteafricano, los gobiernos europeos, el español como muestra destacada, carecen de la voluntad, el coraje, la claridad de ideas y los medios necesarios para impedir tal desastre.

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