Casa Ucrania: el primer alojamiento estable para los refugiados

Casa Ucrania: el primer alojamiento estable para los refugiados

La Fundación Jaime Garralda, que ha acogido a 35 refugiados, denuncia el retraso en las regularizaciones: «Están dando cita para junio»

La solidaridad española ha quedado patente con la invasión rusa sobre Ucrania. La ayuda humanitaria se cuenta por toneladas y las plazas que se han habilitado para acoger a refugiados, por millares. Solo Cáritas ha ofrecido 1.100 sitios. Hasta la presidenta de la Comisión Europea ha destacado «la gran tradición de solidaridad» de nuestro país. A ella han contribuido organizaciones como la Fundación Jaime Garralda, que lleva un cuarto de siglo dedicada a la integración social de las personas más necesitadas y que, tras el inicio del conflicto, ha puesto en marcha el primer alojamiento estable para los refugiados ucranianos en un tiempo récord. Apenas dos semanas después de aquel fatídico 24 de febrero, Casa Ucrania abrió sus puertas.

La iniciativa partió de Celia Ordóñez, secretaria del patronato de la fundación, que, ante las imágenes de esos tres millones de ucranianos que ya han huido del país, decidió proponerle a sus compañeros este proyecto, «sin tener mucha idea del trabajo que podría suponer» y a pesar de que «nunca antes habíamos llevado a cabo un programa de acogida de refugiados», reconoce. La idea era recibirlos en una casa que atendía a personas sin hogar enfermas, pero que tenía una ocupación muy baja. Con el visto bueno del patronato, Ordóñez se puso «a derivar rápido a las personas que había a otras casas de la fundación con plazas libres». Y una vez que estuvo el alojamiento vacío, «mandé a un pintor, un fontanero, un electricista… y, en una semana, estuvo la casa lista gracias también a la ayuda de voluntarios».

El siguiente paso fue llenar el inmueble de refugiados. La disponibilidad era de 35 plazas. Aquí es donde entró en acción Marijo Bos, una empresaria americana afincada en Madrid que, desde hace tres o cuatro años, acoge junto a su marido durante el verano a una niña ucraniana: Katia. «Cuando comenzó la guerra, Marijo se fue a Polonia, a la frontera, para intentar sacar a la niña de allí», recuerda Ordóñez, que conoció a la empresaria a través de una amiga en común. Cuando llegó, Bos se quedó «impactada de la cantidad de mujeres intentando alejarse desesperadamente de su país, y decidió hacer algo». De esta forma, la fundación tenía una casa y Bos necesitaba una en la que poder meter a las refugiadas –en su mayoría mujeres– que estaba conociendo, en buena medida, gracias a la ayuda de un joven estudiante ucraniano con el que entró en contacto.

La tercera amiga involucrada en esta historia es Alex Moore, directora general del Grupo Albion, empresa dedicada al sector de la comunicación: «A través de sus clientes, ha conseguido dinero y todo tipo de equipamientos para las refugiadas». De esta forma, la empresa donde trabaja Moore «actúa de soporte financiero y facilitador de bienes», Marijo «es la que se encarga de traer a las refugiadas» y la Fundación Jaime Garralda «pone la residencia y el plan para sacar adelante a estas personas», detalla Ordóñez.

Clases de español

Casa Ucrania comenzó a operar el segundo fin de semana de marzo. «Se trata de la primera iniciativa de carácter privado que abre», asegura la secretaria. Y lo hace con carácter estable. «En nuestra casa, las personas que vayan llegando pueden quedarse el tiempo que ellas necesiten. Como si quieren quedarse hasta que termine la guerra y luego volver a su país», explica Celia. «Aunque si prefieren estar en una familia de acogida, por el motivo que sea, les buscamos una». La idea es que puedan decidir su futuro, como harían en su propia casa.

El proyecto, sin embargo, no se trata de una simple acogida. El objetivo es «facilitar la inserción de estas mujeres dentro de la sociedad española para que, cuando acabe esta situación, puedan elegir entre quedarse en nuestro país o volver al suyo». La acogida es solo el primer paso, aunque no el menos importante, porque «vienen con lo puesto. Necesitan hasta ropa». Luego, desde la fundación, se les pide cita en el centro de refugiados de Pozuelo, «donde se tramita la regularización» que les permite residir y trabajar legalmente en España. «El problema es que están dando citas para junio», lo que aboca a los ucranianos a un limbo legal hasta entonces. Ordóñez pone un ejemplo: «Sin la tarjeta sanitaria no te atiende la Seguridad Social y, para conseguirla, necesitas presentar tu documentación en regla. Así que, hasta ahora, he tenido que tirar de médicos amigos para poder atender a estas personas». Algo parecido ocurre con la escolarización de los niños, que «a pesar de lo importante que es para ellos volver a clase, en teoría no pueden ir al colegio hasta que no estén regularizados», lamenta Ordóñez, que está trabajando para acortar todos los plazos.

Asimismo, la fundación también está impartiendo clases de español, «para poder superar la barrera del idioma cuanto antes», y brindando atención psicológica al grupo. «No hay que olvidar que vienen de una guerra. En general, todas ellas duermen muy mal, pero después de una primera intervención, los especialistas nos han dicho que todas, salvo dos –con las que se iniciará una terapia–, están bien», concluye.

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